El odio como factor de movimiento:

¿De qué sirve el odio si no es para generar desgracia? ¿Es válido fundamentar o alimentar una lucha generando odio? El odio como tal no puede expresarse de forma racional; es fácil de generar (gracias a las pasiones humanas) y difícil de controlar.
Pero… ¿Por qué odiamos? ¿Somos dueños de nuestro odio? Yo, he odiado; y muy profundamente. No estoy seguro de si he “amado” alguna vez, pero el odio es simple de identificar.
Dos compañeras fueron apaleadas la pasada huelga general en una manifestación-piquete que transcurría de forma pacífica por la calle Colon de Valencia. Estas dos compañeras, junto con 3 compañeros más de Joves de Eu tuvieron que pasar por el hospital como consecuencia de la brutal e injustificada carga policial. El saldo final fue de 50 personas heridas y/o contusionadas y 10 visitantes al hospital. ¿Detenidos? ¿Para qué sacar las esposas pudiendo sacar la porra? Pues bien, cuando presencié a mi compañera con todos sus moratones en hombro, cuello y costado y su brazo en cabestrillo odié como nunca lo había hecho. Tuve claro en ese momento que a la hora de cambiar este sistema injusto, ellos, los perros del poder, los antidisturbios y los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado serian el enemigo a batir. Estos defenderían el sistema sin cuestionar porque. Pero… ¿Qué hay debajo de ese casco? ¿Qué hay tras esa coraza? Creo que no es honesta la vida de alguien cuyo trabajo se centra en ejecutar el monopolio de la violencia que ejerce el estado. No obstante, y aunque su trabajo me produce verdadera repugnancia – En el cerebro, se activa el mismo mecanismo cuando se presencia algo que nos repugna, como un insecto, y cuando contemplamos lo que nos parece una injusticia – cabe recordar que detrás de la coraza existe una persona que vive, piensa, anhela y siente. Porque sin conocer es fácil odiar. Es difícil empatizar con un desconocido sin rostro y muy fácil odiarlo.
Si nos pusiésemos a divagar sobre los obstáculos existentes que perpetúan ese sistema, llegaríamos a la conclusión de que habría que erradicar a la mitad de la población del  país. Ejecutar a todos aquellos que asumen el sistema sin chistar y asumen como propia la derrota de un sistema sostenido en la desgracia de muchos a quienes él mismo pisotea con préstamos, letras, propiedades, etc. O bien aquellos que defienden el sistema como un dogma cuyo Dios, el dinero, marca su existencia luchando contra todo lo que desconoce y teme odiando a todo el que osa cuestionar su Dios siendo capaz de justificar lo injustificable.
Si seguimos así podríamos justificar sin dificultad la lucha armada. Pero… ¿Contra quién? ¿Contra otra persona que vive, piensa, anhela y siente como yo? ¿Quién me otorga a mi el poder para encañonar a alguien por la nuca? ¿Quién soy yo para decidir sobre la vida o la muerte de otro ser humano como yo? ¿No es esa persona una víctima del propio sistema? Así lo creo yo; una víctima inducida por un sistema que se alimenta de la comodidad, la ignorancia y el miedo de la gente común. Porque este sistema es como un rebaño sin pastor. Unas ovejas pisotean a otras, ya casi por inercia sin una figura predominante. El rebaño se auto-regula y el monstruo burocrático generado funciona ya de forma automática mientras los dogmas (tradiciones y protocolos de comportamiento social) que la propia sociedad genera para regular su porción de rebaño justifica el sufrimiento anulando la empatía natural del hombre y la mujer.
En definitiva, y sin caer en paternalismos hipócritas, para que el sistema cambie se han de derribar primero los grandes muros construidos en la mente a base de educación en valores hipócritas y caducos cimentados en las costumbres y lo socialmente aceptado como normal/común/correcto. Ahí es donde está la verdadera lucha y el verdadero reto. Porque los más altos muros; los más inexpugnables cercados están construidos en las mentes del rebaño habiendo de deconstruirlos piedra a piedra.

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Acerca de hayack

Hayack, de cuyo nombre no quiero acordarme, es técnico superior en imagen, adiestrado para manejar todo trasto, manual, analógico o a pedales, con lente y botones. Adiestrado en tratamiento digital de la imagen, retoque, montaje de vídeo etc. Titulado precario buscando un hueco en este sistema que no comprende. Observador inadaptado que se cuestiona si todo el mundo va al revés o es un servidor quién va en dirección contraria.
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